Con la generación siguiente volvió, de otras maneras, la desobediencia, la búsqueda. Hijos e hijas de padres y madres ocupados, accedieron abruptamente al manejo de su propia libertad. Lo hicieron como pudieron.
Los adultos tenemos la deformación de querer transmitir nuestras experiencias a los jóvenes. Equivocados, lo hacemos convencidos de que va a servirles saber de nuestros yerros. Persuadidos de que evitaremos sus tropiezos, nos molestamos si no quieren escucharnos.
Sin embargo, solos, sin pedir consejos, sin recomendaciones de sus mayores ni exhortaciones de nadie, brillan (sin querer hacerlo) cuando la vida los llama a mostrar lo mejor de la condición humana: la solidaridad.
Los platenses vemos en estos días a miles de chicos y chicas adolescentes demostrar toda su madurez en la emergencia. Toda su alegre seriedad para ayudar. Toda su disciplina, su responsabilidad, para abrazar al que sufre.
Yo los vi. Vi a mis hijos y a sus amigos con ellos. Vi a los hijos de mis amigos y vecinos. Yo los escuché decir “qué hay que hacer”. Los vi hacer eternos “pasamanos” durante horas.
Es posible que tenga que ocurrir una tragedia para que comprobemos que nuestros jóvenes son extraordinarios. Pero no más de una.
Cuando este desastre sea superado, cuando este mal sueño se termine, no olvidemos que nuestros hijos, nuestros jóvenes, son todo lo valiosos que han demostrado en la emergencia. Que son buena gente, sensible, protectora.
Fijemos de una vez, y para siempre, que la juventud de ninguna manera está “perdida”. Todo lo contrario: ha expuesto una ubicuidad que no es frecuente en los que somos grandes.
Marcela Pastore, 6 de abril de 2013
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